Hay recuerdos que el tiempo no borran, sino que te marcan...
Permanecen guardados en algún rincón del corazón y, sin saber por qué, regresan cada año con la llegada de agosto.
En aquellos años, el comienzo de este mes solía ser caluroso, el viento norte soplaba con fuerza y el cielo se cubría de un humo espeso, producto de las quemas de pastizales que entonces se realizaban para limpiar los campos, una práctica que hoy, por suerte ya no está permitido
Cada vez que vuelven esos días, mi memoria viaja a mi infancia, a mí querido Dos de Mayo, donde crecí rodeada de monte, arroyos y gente sencilla.
Una vecina había salido a lavar la ropa, cómo era costumbre lo hacía junto a una vertiente de agua cristalina, dónde tenía preparada la pileta de lavado...muy cerca, debajo de unos árboles, sus dos hijitas y una sobrina jugaban felices con sus muñecas sobre una manta.
Pero aquel viento, que parecía uno más de tantos, soplaba con una fuerza inusual, de repente uno de los árboles cedió y cayó sobre las pequeñas. Todo ocurrió en un instante. La tragedia conmovió profundamente a la comunidad y dejó una herida que el tiempo nunca logro cerrar del todo.
Recuerdo que las niñas fueron despedidas con el inmenso cariño de sus familiares y de todo el pueblo. Eran tiempos en que el dolor también se compartía...
Han pasado muchos años desde aquel día, sin embargo, cuando agosto vuelve con su viento norte y su cielo gris, ese recuerdo también regresa, no para entristecerme sino para recordarme lo frágil que puede ser la vida y lo importante que es abrazar a quienes amamos, agradecer cada día compartidos y atesorar la infancia, con todas sus luces y sombras.
(*) Por Olga Irma Lange


